Se nos fue Ruggero Maggi

Ruggero fue un enorme mail artista y artista experimental, organizador de varios proyectos colectivos, algunos de los cuales he reseñado aquí. Ha sido una gran pérdida.

Nuestra amiga Maya López Muro está organizando un tributo a Ruggero Maggi mediante este Add and Return. El que muestro aquí es mi colaboración personal al homenaje.

Ruggero Maggi (1950 – 2025) 

Su trabajo en el área de Mail Art (Arte Correo) ha sido ampliamente reconocido y archivado en diversas colecciones y bases de datos dedicadas. 

Contribuciones y Proyectos de Mail Art

  • Artista y Comisario: Maggi no solo fue un prolĂ­fico creador de arte postal, sino que tambiĂ©n organizĂł y curĂł numerosas exposiciones y proyectos internacionales de mail art, como la rassegna internacional «TERRA/MATERIAPRIMA» en 2016.
  • Reconocimiento Institucional: Su obra forma parte de importantes colecciones y archivos, incluyendo el MIDECIANT (Museo Internacional de la Democracia y el Arte Correo), el MoMA de Nueva York (sus libros de artista), y el MACBA de Barcelona.
  • ParticipaciĂłn en la Red: Fue un miembro activo y respetado de la red global de mail art, colaborando con otros artistas y participando en numerosas convocatorias y exposiciones a lo largo de las dĂ©cadas.
  • Enfoque y Temas: Su trabajo a menudo abordĂł temas sociales y conceptuales, siendo descrito como un «artista total y comprometido». Se le entrevistĂł sobre el papel del mail art en la era cibernĂ©tica, mostrando su adaptaciĂłn e interĂ©s en la evoluciĂłn del medio.
  • Publicaciones y Archivos: Su trabajo está documentado en Ă­ndices de artistas de mail art y archivos en lĂ­nea como el Mail Artists Index y el Lomholt Mail Art Archive. 

Ruggero Maggi dejĂł un legado significativo en el mundo del arte postal, siendo una figura central en la conexiĂłn de artistas a travĂ©s del medio postal. 

Que la tierra te sea leve, querido Ruggero.

Clemente PadĂ­n nos dejĂł

En Montevideo 2021

Clemente PadĂ­n (Lascano, Rocha, Uruguay, 1939 – Montevideo, 2025), artista, poeta, teĂłrico del arte, docente y Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de la RepĂşblica (Uruguay), nos dejĂł el 3 de octubre, 5 dĂ­as antes de su 86 cumpleaños. Su pĂ©rdida ha sido un duro golpe para la cultura de su paĂ­s y en especial para sus colegas artistas visuales, mail artistas y performativos de todas partes del mundo.

Desde mediados de la década de 1960 había dedicado su carrera artística a la producción y promoción del arte experimental, especialmente en los ámbitos del arte correo, la poesía visual, la performance y el arte de acción. Desde entonces organizó decenas de exposiciones y eventos artísticos en Montevideo: la Exposición Internacional de la Nueva Poesía (1969), el Festival de la Postal Creativa (1974, Galería U de Montevideo), el Primer Festival de Video Arte (1986), el Festival Latinoamericano de Arte en la Calle (1990) o el Festival Rioplatense de Poesía Experimental (1996) entre otros.

Su trabajo en el arte correo comienza en 1967 con un intercambio de revistas con sus colegas y amigos latinoamericanos Edgardo Antonio Vigo, Guillermo Deisler y Dámaso Ogaz: Diagonal Cero, Ediciones Mimbre, La Plata de Palo y los Huevos del Plata, por nombrar algunas.

En 1974, en plena dictadura militar, organiza la primera exposiciĂłn documentada de arte correo en LatinoamĂ©rica. Aquellos intercambios iniciales dieron paso a una colaboraciĂłn continua, solidaria y con el objetivo de la justicia social siempre presente. Esta misma movilizaciĂłn cultural y social provocĂł su detenciĂłn. En 1977 fue condenado a cuatro años de cárcel por oponerse a la dictadura militar, aunque pudo salir a los dos años y tres meses gracias a la fuerte presiĂłn popular de mail artistas de los cuatro continentes, lo que demuestra su relevancia internacional. No obstante, durante un tiempo  continuĂł en libertad vigilada manteniendo su residencia en el paĂ­s.

Escribe Antonio Martín Flores en “Breve Análisis de una obra de Mail Art. El Ejemplo de Clemente Padín”:

“Entonces el arte correo en Sudamérica adopta una postura política en respuesta a las condiciones de represión imperantes. De manera que no fue una sorpresa que se celebrara, en septiembre de 1987 y en el aniversario de la dictadura de Augusto Pinochet, un proyecto colectivo apoyado por la Asociación de Mail Art de Uruguay, en la que Antonio Ladra hizo una marcha como hombre-anuncio para hacer saber su preocupación por los peruanos.”

PadĂ­n escribiĂł entonces:

«La cuestión no es solamente llevar el arte a la calle, sino transformar su significado social en acciones y trabajos que tienen que estar introducidos activamente en su desarrollo, haciendo referencia, ante todo, a aquellos problemas que se ocultan, sensibilizando a la gente, intentando darles ánimos para cambiar sus perspectivas. Y esa modificación cambiaría la obra de arte, su consumo e incluso la relación artista-espectador.»

En 1983 organiza la convocatoria de arte postal “El fin de las dictaduras” que impulsĂł definitivamente el movimiento de arte correo en LatinoamĂ©rica. Es imposible relatar en tan corto espacio sus continuas actividades, proyectos, convocatorias, llamamientos, debates. Fue reclamado por las más prestigiosas universidades y sus archivos están ubicados en el Archivo General de la Universidad de la RepĂşblica del Uruguay en Montevideo. Es importante señalar que fue uno de los creadores del colectivo AUMA (AcciĂłn Urgente de Mail Art) en 1998, lo que constituye un punto de inflexiĂłn para conectar las nuevas tecnologĂ­as con el arte correo tradicional. EjerciĂł además como director de Los Huevos del Plata (1965-1969), OVUM 10 (1969-1972) y OVUM (1972-1975), ParticipaciĂłn (1984-1986) y Correo del Sur (2000) y fue autor de varios textos aparecidos en publicaciones dedicadas al arte y, sobre todo, a la poesĂ­a. Sin ánimo de ser exhaustivos nombraremos: CO(REO)ARTE (1989), La poesĂ­a es la poesĂ­a (2003), Poemas para (h)ojear (2004), PoesĂ­as completas (2014). FormĂł parte de numerosas  exposiciones colectivas y entre sus muestras individuales destacan las de GalerĂ­a U (Montevideo, Uruguay, 1973), Art Space (Hyogo, JapĂłn, 1986), Yellow Spring Institute (Filadelfia, Estados Unidos, 1997) y Weserburg Museum (Bremen, Alemania, 2010).

Varias de sus obras están hoy expuestas en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en Madrid.

La obra de Clemente PadĂ­n es muy amplia, extensa y a la vez profunda. Sobre la misma opinaba MartĂ­n Palacio:

“Abarcar la obra de Clemente Padín puede llegar a ser un verdadero ejercicio hermenéutico de la ruptura en cuanto máquina discursiva. Una máquina que invita a sumergirse en el trabajo de los signos, las operaciones distintivas de la escritura, los espacios de la textualidad, y el proyecto en construcción de una lectura en el umbral de otra.”

Padín se ha ido, pero siempre nos quedará su inagotable obra.

Premios Literarios otorgados a Myriam M. Mercader: Premio Platero (1984); Premio La Casa que Escribe (2020).

En mayo de 1984 le fue otorgado el Premio Platero de Cuento por el
Club del Libro en Español de las Naciones Unidas en Ginebra.

El Relato premiado fue : El Condenado publicado en la Revista del Sur nÂş3-4 1985.

En 2020, en plena Pandemia de Covid, La Casa de Uruguay en Barcelona organizó un certamen literario. Andrea Arismendi ganó el Primer Premio con su relato El Huésped y Myriam Mercader el Segundo Premio por La Brecha. Se puede ver la entrega de premios en este blog bajo el título de II Premio de Relatos La Casa que Escribe, del 6 de agosto 2021.

Imaginando a Beatriz (relato)

Tobatymbá se muere. Está tendido en su lecho y piensa, recuerda, afiebrado delira.

“Ahaquimañomo” le ha dicho a su mujer Amambai en lengua tupí. Luego para sí en español “Voy a morir.”

Su frente ancha, labrada por los años destaca en una cara huesuda. La cabellera larga, que un dĂ­a fue rubia y ahora cana, se esparce por la almohada. Tiene el rostro serio y sus ojos, antes de un azul penetrante, se achican mostrando un gris profundo  que refleja una vida de pĂ©rdida y de sufrimiento. Alrededor se ciñe la sombra silenciosa de la selva, solo las hogueras alumbran las siluetas. La aldea permanece casi dormida. El ñacurutĂş en la rama, despierta y observa, el urutaĂş lo secunda. No ha acudido la luna.

Amambai lo cuida sin descanso, y mientras el hombre evoca bajo sus párpados figuras de una larguísima vida y sus ojos enrojecen, Amambai revive las historias contadas una y mil veces por su marido, que de repente, es Herman el niño.

Herman, era hijo de una familia de inmigrantes, que después de mucho rodar, había atravesado el Atlántico para terminar con sus bultos y sus hijos en la Banda Oriental. Venían de tierras frías y lejanas, cargados de tradición y de una férrea religión que había acabado por agobiar al chico.

            El muchacho habĂ­a crecido en un pequeño pueblo del Uruguay, sin embargo, su fĂ­sico lo delataba y siempre tenĂ­a a chicas locales embelesadas por sus rasgos nĂłrdicos. En su adolescencia le habĂ­a bastado esa popularidad y la moto, que habĂ­a comprado con los rĂ©ditos de trabajos que de vez en cuando hacĂ­a en algunas de las chacras de los alrededores de Ecilda Paulier.

Cuando los años pasaron, fue a estudiar a Montevideo en una institución agrícola protestante de prestigio, para aprender a llevar la granja de sus padres. Se le daba muy bien, pero Herman necesitaba más aventura, más libertad. O sea, independencia de su familia y de un destino gris en un pueblo pequeño.

“Independencia” pensĂł Amambai.  Con los años Herman, Tobatymbá para su tribu, le habĂ­a explicado lo que eso significaba para el hombre blanco. En realidad, a ella le costaba digerir el tĂ©rmino. ÂżNo eran ellos independientes tal y como estaban? Siempre lo habĂ­an sido. Sin embargo, su marido le habĂ­a explicado que en Montevideo habĂ­a una plaza con ese nombre para recordar a todos los habitantes lo difĂ­cil que habĂ­a sido lograr y conservar la independencia. TambiĂ©n le habĂ­a contado que, con el tiempo y la edad, Ă©l habĂ­a razonado que la independencia no se logra fácilmente, siempre dependemos de otros, u otros dependen de nosotros, lo que es otra forma de carecer de independencia. Amambai se reĂ­a cuando su marido decĂ­a esas cosas. Pero, ahora viĂ©ndolo sudar y atenazado por una fiebre feroz, lo mirĂł preocupada.

            Tobatymbá se remueve inquieto, el sudor le corre por el rostro y Amambai derrama la que serĂ­a su Ăşltima lágrima. Se iba a dedicar a ayudarlo sin permitirse sentir flaqueza alguna ni darle a su marido otro motivo de sufrimiento.

            Esta era la segunda vez que lo veĂ­a enfermo en cincuenta años de vida en comĂşn. La primera, la vez que apareciĂł flotando en el rĂ­o. Amambai lo habĂ­a encontrado cerca, a la deriva, en una vieja canoa. Estaba moribundo y con el rostro muy pálido. AsĂ­ es que lo habĂ­an llamado Tobatymbá – el del rostro blanco. HabĂ­a corrido como loca en busca de ayuda. Nunca supo con claridad las razones que la habĂ­an conmovido tanto. No era la primera vez que un hombre blanco aparecĂ­a herido en el poblado, ni tampoco serĂ­a la Ăşltima. Pero, Amambai, por alguna razĂłn se habĂ­a sentido responsable de aquel hombre tan indefenso. DespuĂ©s de socorrerlo lo habĂ­a cuidado con desvelo. Por aquellos entonces ella era casi una niña. HabĂ­an sido quince dĂ­as interminables, luchando contra la muerte. Pero, la madre naturaleza lo habĂ­a protegido y se habĂ­a salvado. Si, ella lo habĂ­a cuidado todo ese tiempo y despuĂ©s…despuĂ©s lo habĂ­a seguido haciendo el resto de su vida.

Amambai toma entre sus manos el rostro húmedo de Tobatymbá y sigue observándolo, mientras vuelve a revivir antiguos episodios olvidados de su larga vida juntos. Algunos eran propios, otros los que él le había contado de su pasado y de la forma en que el destino lo había llevado hasta ella.

            Le habĂ­a contado de Beatriz y de Adorisio, una pareja de amigos que, aunque mayores que Ă©l, lo habĂ­an acogido durante su juventud en El Chaco argentino al cual, despuĂ©s de sopesarlo mucho, habĂ­a escapado en busca de aventuras. Herman no habĂ­a querido enamorarse de Beatriz por respeto a Adorisio, pero se habĂ­a encontrado incapaz de evitarlo y se habĂ­a resignado a soportar su desventura de la manera más honrosa, sin dejar traslucir lo que sentĂ­a.

            Al principio habĂ­a sido difĂ­cil, pero con el tiempo pudo perfeccionar la mentira. Beatriz era muy amable con Ă©l y Adorisio lo trataba como a un hijo. Trabajaban juntos en la tienda que tenĂ­an en el pueblo, y asĂ­ los dĂ­as iban pasando, uno a uno, sin mayores contratiempos.

            Cuando Herman se sentĂ­a solo, recurrĂ­a a sus dibujos. Dibujaba casi todo, pero más que nada, le gustaba plasmar la selva cada vez que un papel caĂ­a en sus manos. Disfrutaba con el mundo exuberante que lo rodeaba: enredaderas, camalotes, ceibos, mburucuyás, macachines, y sobre todo la sensitiva caibobĂ©. CaibobĂ©, habĂ­a aprendido, querĂ­a decir planta que vive, y sus hojas se pliegan al más mĂ­nimo contacto.

            Mientras iba dando forma bajo su lápiz a una selva de grafito, se olvidaba de todo, y se transformaba en un inmenso creador omnipotente. Cuánto más infeliz se sentĂ­a, más se refugiaba en su selva de papel. Esto sucedĂ­a, sobre todo, cuando sentĂ­a revivir en Ă©l la pasiĂłn que le despertaba Beatriz y que, por momentos, volvĂ­a y le golpeaba muy fuerte.

            Estos sentimientos se los habĂ­a ido contando a Amambai a lo largo de los primeros años, cuando aĂşn era una niña, cuando ni siguiera Ă©l sospechaba el amor que en la muchacha iba suscitando con el tiempo. Amambai se imaginaba a una preciosa rubia, divertida, que sabĂ­a del mundo fuera de la aldea y que Herman echaba continuamente de menos.

            Un dĂ­a de cacerĂ­a, le habĂ­a contado Tobatymbá, Ă©l se habĂ­a apartado de la pareja para perseguir un gato montĂ©s y habiendo fracasado en su intento de cazarlo, habĂ­a vuelto para sorprender, sin ser oĂ­do, a la pareja.

  • El pobrecito estará dejándose la sangre en la lucha para poder traerte el trofeo. ¡Juventud, divino tesoro! – habĂ­a ironizado Adorisio.

Las risas hirientes de Beatriz habĂ­an festejado las irĂłnicas palabras de su marido. La decepciĂłn de Herman nunca pudo apagar esas risas en su memoria.  Y hasta Amambai se habĂ­a asustado al ver su cara desencajada cuando se lo contaba. Tobatymbá habĂ­a intentado no darle importancia, pero se sentĂ­a demasiado ofendido para perdonar y más dolido aĂşn para olvidar. AsĂ­ se embarcĂł en una vida de odio, lucha y culpa de cuyo naufragio tan solo pudo escapar mediante otro aĂşn más grande: cuando Amambai lo encontrĂł casi muerto en el rĂ­o.

      Amambai, sintiĂł gritar desde lejos a su nieto:

  • ¡Abuela!

Se giró, y vio que venía cargado con palos y a punto de caerse de bruces en su atropellada carrera, mientras, Tiapug, su perro, luchaba por quitarle el que más le gustaba.

  • Muy bien Heçacang, me alegro de que por fin te decidieras a hacer algo Ăştil, en lugar de andar todo el dĂ­a tras esos pobres animales para cazarlos – le contestĂł la abuela, y en su voz habĂ­a un ligero tono de reproche.

El chico, saltĂł enseguida con la misma respuesta de siempre:

  • Paiamoi me dijo que pronto serĂ­a un hombre, para ello debo practicar.
  • Tu abuelo habla más de la cuenta – fue la respuesta de Amambai.
  • ÂżCĂłmo se encuentra el abuelo?  preguntĂł preocupado el chico.

Amambai miró a su nieto y dudó un momento antes de contestar. Heçacang se parecía tanto a su abuelo, que era como estar imaginándoselo de jovenzuelo, cuando aún no lo conocía. El muchacho tenía la misma mirada transparente y azul, y en la tez morena resaltaban sus ojos como dos enormes lunas azules. Tobatymbá y ella habían tenido una sola hija. La habían llamado Toribai – grande alegría – y eso justamente había sido para ellos, una enorme alegría. Había crecido muy feliz y llegada la pubertad, como era tradición en la tribu, se había casado. Poco había tardado en nacer Heçacang, aunque menos había tardado la muerte en llevarse a su hermosa madre y al joven padre.

  • Abuela ÂżCĂłmo está? ÂżPuedo verlo?
  • Mira hapĂ­, hijito- comenzĂł diciendo Amambai – Ya eres mayor para comprender ciertas cosas. Paiamoi va a morir pronto, tienes que hacerte a la idea y poner de tu parte para darle alivio.

Heçacang guardó silencio un momento y luego dijo:

  • Entonces, hay algo que debo hacer enseguida – y girando su cuerpo, se perdiĂł detrás del poblado.

Amambai de pronto se sintiĂł muy triste, se estaba quedando sola.

Los cuentos de su marido, que antes le habían provocado tanto interés, ahora la entristecían.

Aquel último año con los Rodríguez, le había contado Herman, había dibujado como nunca. Se pasaba, también, largas horas en su canoa, aprendiendo de memoria la costa del río para confeccionar el mapa que la pareja le había pedido. A veces ni siquiera llegaba a dibujarla. Se tendía boca arriba en la canoa y se perdía en la inmensidad del cielo, lejos, muy lejos, donde ni siquiera su culpa lo pudiera alcanzar.

Un día, súbitamente, Adorisio y Beatriz tomaron la decisión de trasladar el negocio a Posadas, en la costa del rio Paraná. No le dieron especiales explicaciones a Herman. Solo lo invitaron a acompañarlos, si así lo decidía.

A Herman le agradĂł la idea de cambiar de aires y accediĂł a viajar. Sin embargo, una vez en Posadas, el matrimonio no tardĂł en explicarle los motivos de la brusca mudanza.

  • Te necesitamos Herman, tenemos un buen negocio entre manos – le habĂ­a dicho Adorisio mientras cenaban.
  • Usted dirá – habĂ­a contestado, no sin cierta cautela, el muchacho.
  • Antes de explicártelo en detalle, debo saber si estás dispuesto a correr ciertos riesgos a cambio de una buena suma de dinero – continuĂł Adorisio de manera socarrona, pues creĂ­a conocer el sentido aventurero de Herman.
  • Diga nomás, no hay riesgo que no corra ante esa propuesta – se apresurĂł a contestar Herman, aun cuando en realidad no era un hombre al cual el dinero lo moviera tanto como la posibilidad de una nueva emociĂłn.

Así, lo habían iniciado en el negocio del contrabando y, a decir verdad, no con poco éxito. Para él llegó a ser un juego el pasar mercancía, cualquiera que ésta fuera, de un lado al otro de la frontera paraguaya, usando tanto el río, como cualquier otro medio. Se dedicó por completo a una actividad que, no sólo le proporcionaba dinero, sino que lo alejaba del tormento de ver cada día a Beatriz.

Llegado a este punto de sus recuerdos, Amambai recapacitĂł que, si no hubiera sido por esta faceta ilegal de su marido, nunca se hubiera desprendido de la maliciosa presencia de Beatriz. Herman no le habĂ­a contado tanto de ella como para hacerse un dibujo completo, pero la imaginaba como una mujer bella, frĂ­a y sin alma. Una mujer que, sin amarlo, dejaba que un joven sufriera por ella. Indudablemente, una rival inaccesible.

El que resultaría ser el último viaje por el río lo hicieron juntos: Beatriz, Adorisio, un empleado de confianza de nombre Manuel y el propio Herman. Trasladarían la mercancía por el río hasta el punto acordado, y ahí bastaría con el simple trasbordo de las mercancías a la embarcación del Chato Ruíz, un paraguayo de malas pulgas. Un trabajo limpio, de lo más sencillo.

El río estaba crecido por aquellas fechas, y se podía complicar el gobierno de la embarcación, de ahí la necesidad de más de dos personas para tripularla. Por otra parte, Adorisio y Beatriz aprovecharían el regreso para detenerse a inspeccionar una finca que pensaban adquirir a buen precio con el dinero de la transacción.

Estaban acercándose a un enclave donde el rĂ­o recibĂ­a un par de pequeños afluentes. La corriente era más fuerte y el timĂłn imponĂ­a poca resistencia. Se hacĂ­a difĂ­cil mantener el timĂłn.  Adelante, a pocos metros, habĂ­a un salto de agua no muy grande, apenas un pequeño desnivel. Herman lo conocĂ­a pues lo habĂ­a cruzado varias veces en su canoa, pero nunca con una embarcaciĂłn de esta envergadura.

Desde ese momento, los recuerdos, le había explicado a Amambai, se le confundían: voces de alerta de Adorisio, una exclamación de Beatriz, el ruido más ensordecedor del agua corriendo a gran velocidad y llevándose con ella como en un gran abrazo al Porvenir II. Mezclado con todo ese ruido, Herman no dejaba de oír las carcajadas perennes de Beatriz.

Después habían dado vueltas enloquecidamente como en un juego del parque de atracciones que había visitado en Montevideo. No había podido hacer nada para evitarlo, ni él ni los demás que se turnaron al timón. En un momento se vio bajo el agua, atontado por el golpe de algún madero. El barco se había partido por la mitad y bajaba, empujado por el caudal del agua, haciéndose trozos. Herman nadó como pudo y llegó a la orilla.

Cuando pasaron unos minutos y empezó a discernir nuevamente, buscó a sus compañeros, primero no vio a nadie. Segundos después, como surgidos de las entrañas del río, aparecieron Beatriz y Adorisio. Luchaban por aferrarse a un trozo de barco que aún flotaba. En aquel momento lo divisaron y le empezaron a gritar por ayuda. Herman, paralizado, no supo qué hacer. Ellos se iban apartando con la corriente y estaban a punto de chocar con unas rocas. Herman se debatía entre la idea de tirarse al agua, con pocas probabilidades de hacer nada por salvarlos, y el ruido aturdidor de las carcajadas de Beatriz que lo paralizaban. Se quedó inmóvil, viéndolos desaparecer corriente abajo.

No recordaba cuanto tiempo se había quedado así, mojado y de pie en la orilla, siguiendo con la mirada el curso de la corriente, como si en algún instante fueran a aparecer esos dos seres que él había dejado morir.

La luna derramaba una luz blanca e iluminaba el agua, cuando, rĂ­o abajo habĂ­a encontrado la canoa que el Porvenir II llevaba a bordo, milagrosamente intacta. El fondo estaba cubierto de agua, pero Herman no se habĂ­a preocupado en achicarla. Se habĂ­a montado en ella y, como un muerto a la deriva, se habĂ­a dejado llevar.

Ya nada importaba. Seguramente su espĂ­ritu, como habĂ­a leĂ­do en la historia de Egipto, llegarĂ­a al Duat (el inframundo) conducido por Anubis ante el tribunal que presidĂ­a Osiris y allĂ­, el gran peso de su corazĂłn en la balanza, lo condenarĂ­a a ser devorado por los monstruos del rĂ­o. Sin embargo, nada de eso habĂ­a sucedido, sino que Amambai lo habĂ­a encontrado.

En aquel momento, en otro lado de la aldea, Heçacang recordaba las palabras de su abuelo:

  • El dĂ­a que logres cazar al gran gato, serás ya un hombre. Lo suficientemente mayor para que tu abuelo te empiece a contar las cosas que pasan rĂ­o abajo, en aquellas tierras que dejĂ© olvidadas hace tanto tiempo.

La abuela le había dicho que a Paiamoi le quedaba poco tiempo. Era hora de que ambos cumplieran su promesa. Por eso, Heçacang, sin mirar atrás ni oír las advertencias de Amambai, decidió internarse en la selva, resuelto a no volver sin el enorme gato para su abuelo.

Heçacang no recordaba cuándo había empezado a asociar al gato con el pasado del abuelo. Tal vez los oyera hablar de aquel enorme gato que Paiamoi no había podido matar. Ahora, solo en la selva y en expedición de caza, el muchacho empezó a sentir miedo. El miedo se le confundía con la necesidad de ahogar los pensamientos de inquina hacia gentes que no conocía, pero que intuía le habían hecho daño al abuelo. Sobre todo, los había oído hablar de Beatriz. A veces, cuando el abuelo miraba a Amambai, a él le parecía que veía en su abuela a aquella mujer extranjera que Tobatymbá había amado. En algún momento supo que, si cazaba al gran gato, acabaría con el recuerdo de Beatriz, y se propuso a hacerlo, ni bien cumpliera la edad.

Heçacang tenía el arma preparada, el miedo se había esfumado. El puma también lo había divisado y a su vez preparado para atacar. En aquella posición, con las manos en alto, la cabeza un poco inclinada, listo para disparar, Heçacang percibió un leve sonido. Acostumbrado como estaba a captar el menor ruido, enseguida dedujo que era la maleza resquebrajándose bajo una pisada. Entonces, a la derecha, y casi al borde de su visión, apareció Tobatymbá.

Estaba más viejo que nunca, agotado y febril. El muchacho se sobresaltó, pero no fue el único. El felino pareció deseoso de escapar, como si dos contrincantes le parecieran demasiado. Heçacang debía decidirse de prisa, ahora o nunca. Unas fracciones de segundos y ya fue tarde. El puma veloz, giró y trepó al árbol más próximo, desapareciendo. El chico bajó los brazos, y muy despacio se acercó a su abuelo que era la viva imagen de la muerte. Una vez a su lado, le dijo:

  • Si dos hacen una promesa juntos, tambiĂ©n podrán deshacerla. ÂżNo?
  • AsĂ­ es – le contestĂł su abuelo, mirando detrás del chico, hacia algĂşn punto indefinible, pensando que su nieto era como la selva, inquietante y protector a un tiempo.
  • Pues deshagámosla – decidiĂł Heçacang, más que propuso.

Tobatymbá asintió con la cabeza, al tiempo que ambos echaron a andar hacia la aldea. El viejo apoyándose en el muchacho. El chico, casi tan alto como él, lo sostenía con fuerza y cariño. Iba cavilando. No había matado al gato, pero Beatriz ya no los molestaría más; al abuelo porque pronto emprendería el último viaje, y a él porque había pactado deshacerla.

                                                                                              Myriam M. Mercader

ReflexiĂłn sobre el Reloj de Myriam M. Mercader

https://mailartenlaescuela.blogspot.com/2025/01/el-enigmatico-reloj-de-miriam-m-mercader.html

Reproduzco la reflexiĂłn sobre mi obra de Ismael GĂłmez.

Qué miramos cuando miramos un reloj? ¿Qué buscamos incesantemente en el movimiento de las manecillas? Al observar un reloj, buscamos comprender el paso del tiempo, medir nuestra existencia y encontrar certezas en la regularidad de sus manecillas. Pero el tiempo se nos escapa siempre. Recordemos las Confesiones de San Agustín, que el Libro undécimo, en el capítulo 14, nos dice:

¿Qué es, pues, el tiempo? ¿Quién podrá explicar esto fácil y brevemente? ¿Quién podrá comprenderlo con el pensamiento, para hablar luego de él? Y, sin embargo, ¿qué cosa más familiar y conocida mentamos en nuestras conversaciones que el tiempo? Y cuando hablamos de él, sabemos sin duda qué es, como sabemos o entendemos lo que es cuando lo oímos pronunciar a otro. ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.

Además, nuestro presente está lleno de incĂłgnitas. Por eso nos parece tan interesante el envĂ­o de Myriam M. Mercader (escritora, ensayista, poeta visual y mail artista). Como vemos la obra de Myriam M. Mercader resulta especialmente sugestiva. En su envĂ­o, Mercader presenta un reloj donde cada hora está representada por una ‘X’, una incĂłgnita o algo desconocido. En cada hora nos aguarda un misterio. Por muy previsores que seamos, cada hora alberga elementos de incertidumbre. No lo esperábamos y en esa hora conocemos a una persona maravillosa, o se presenta la muerte de un ser querido. Nadie lo sabe. La ‘X’ en cada hora sugiere que cada momento está lleno de posibilidades y misterios por descubrir, recordándonos que, aunque intentemos estructurar nuestra vida en torno al tiempo, este siempre guardará aspectos que escapan a nuestra comprensiĂłn.

Pero también, su obra puede relacionarse con un aspecto clave de nuestra V Convocatoria. Su obra nos invita a reflexionar sobre cómo, en la era digital, el tiempo que dedicamos a la información puede verse inundado por noticias falsas. La «X» en cada hora nos recuerda la importancia de discernir y llenar nuestros momentos con contenido verdadero, porque a cada hora nace un bulo, una mentira y debemos estar atentos para no caer en sus redes, contrarrestando la proliferación de fake news que amenaza con saturar nuestra percepción del tiempo presente.

EnvĂ­o postal a la Convocatoria Urgente de Mail Art en la Escuela

La obra de Mercader es intrínsecamente ambigua y enigmática, un aldabonazo a nuestra conciencia para que despertemos e intentemos vivir cada momento de manera intensa, como si cada momento fuera único, sin mentiras, con autenticidad .Para saber más sobre ella: https://myriammercader.com/