La Plaza

            La plaza está perdidamente sola, vacía. Sus asientos de piedra fríos, aún cuando el abrasador sol de verano está alto, muy alto sobre la isla.

            Los árboles llenos de hojas dibujan sus formas caprichosas sobre las piedras de la plaza, y el reloj desde la torre, lo mira todo quieto, como si el tiempo no pasara. A las cuatro de la tarde el pueblo duerme. Todo sigue igual, estático, ni un ruido. Por fin, las sombras cambian muy lentamente de posición, y las agujas del reloj las acompañan obligadas, renunciando a una permanencia que les sería más placentera.

            Siento la amenaza de mis ansias. Todos estos eternos días en una isla lejana. Gente extraña, la playa y el barco que volvería a buscarme.

            Había cruzado la isla para llegar a la plaza situada en una altura desde la que podía dominar el puerto.  Ahora esperaba, imaginando la proa negra, enorme. Aún cinco horas. Playas y plazas y una habitación con el rayo de sol penetrando primero y luego perdiéndose poco a poco en la pared del fondo.  ¿Qué haría aquí precisamente? Y al año siguiente en Fregene o más tarde cruzando unos desubicados campos de arroz entre Boloña y Milan…. O antes, mucho antes,  a bordo del ómnibus número 21, a la altura de Coimbra, viendo el mar salpicar olas grises mientras la arena se amontonaba en los portales de las casas montevideanas.

            Había experimentado la misma desazón en otras oportunidades, pero ahora estaba más lejos,  sin que nadie lo supiera, abandonada a unas gentes que no conocía, a un lugar que se me hacía extraño. Cinco horas que pasarían muy lentamente, como si el reloj en su torre me gritara ¡ahora te aguantás!

            Prefería irme. Me iría de aquella plaza hostil, dejándola sola a ella, abandonada, huérfana de mi para toda la eternidad.

            Así lo hice. ¿Por qué entonces hoy, después de tantos años, la vuelvo a sentir y la escribo?

Biografía de un Sueño

Poema Visual de Myriam M. Mercader
Título: El Aleph de Peralto apropiado

Relato biográfico, homenaje a Francisco Peralto Vicario, enorme editor, poeta y escritor y enamorado de Jorge Luis Borges como quien escribe. M.M.M.

“El mundo está en mi mente. Mi cuerpo está en el mundo” Paul Auster.

“¿Quién  serás esta noche en el oscuro sueño, del otro lado de su muro?” Jorge Luis Borges

Hacia la madrugada lo despertó el chillido de algún pájaro y sintió como si lo hubiera arrancado de una vida compleja y ardua que le pesaba en algún lugar de su mente y de su alma, pero que sin embargo no podía recordar en su plenitud.

Francisco sí recordó que había estado leyendo la noche anterior. Las Mil y Una Noches lo había maravillado. Contar para vivir, vivir para contar.  En ese círculo infinito uno podía caer preso sin remedio. Libros, hojas, palabras, papel impreso y encuadernado; le gustaba como olían, los mundos mágicos que custodiaban y que podían abrirse para él con un solo gesto. Las palabras habían servido para que Dios creara al mundo “que la luz sea y la luz fue.” Las palabras impresas emanaban un poder, una fuerza y libertad que sólo lograba sentir a veces montado en su bicicleta; en ella el espacio, que se mide con el tiempo, se acortaba; de la misma manera los libros lo transportaban en segundos a miles de kilómetros, en pocas hojas a miles de años de distancia.

Todavía le rondaban estos pensamientos cuando le asustó el reflejo de su rostro en el espejo. No se reconoció. Comprobó con asombro la poblada barba blanca, los ojos cansados, el gesto adulto.  Desde siempre había querido soñar un hombre e imponerlo a la realidad. Su corta edad no parecía haber sido obstáculo; supo entonces, como el hombre gris en sus ruinas circulares, que su obligación era el sueño y soñó.

Soñó  “la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira”. Soñó la Biblioteca Total,  más aún, soñó la Imprenta Total. Si el libro es palabras, ideas, descripciones, tal vez más importante aún para Francisco, el libro es la sensación en sí: el objeto encuadernado, sus colores, su tacto y su olor. No era, estaba seguro, sólo importante la metáfora: esa curva verbal que traza casi siempre entre dos puntos – espirituales – el camino más breve, ni el ritmo tan siquiera, sino el objeto real que los recoge y los contiene: el objeto ligatorio, llamárase libro o no.

Se sucedieron imágenes de un cuchitril con tres o cuatro comodines viejos y una minerva negra y grasienta situada en la calle Andrés Pérez con la de Johann Gutenberg en 1455; la que se sería la suya en Jaime Serrano con aquellas dos minervas doble folio que solía ver (siempre y cuando la puerta del muelle estuviera abierta), al pasar de la explanada donde formaba las clases, hasta el edificio donde se encontraban las dos aulas de preparatorio.

También resonaron en sus sienes las ideas de Capra: la forma y el sintagma del lenguaje como un todo integrado hasta llegar a la poesía profunda, no tan solo la visual ni la discursiva.  El universo de Francisco más que interconectado se le aparecía atemporal y sincrónico. “Matemáticamente un bucle de retroalimentación corresponde a una determinada clase de proceso no-lineal conocido como iteración (del latín iterare, repetir), en el que una función opera reiteradamente sobre sí misma.»  lo había dicho Fritjof Capra. Ahora lo entendía en toda su magnitud.

Salió del dormitorio casi sin detenerse a saludar. Debía pasar desapercibido y así lo hizo.  Para poder ver, el poeta debe hacerse invisible.

Una vez en la calle, quiso reconocer el barrio de Sants. Hacía calor y faltaban pocos días para el 18 de julio, fecha gloriosa en la que tenía planeado volver a su Málaga natal; ya nada le detenía en Barcelona.  Las pocas pesetas que ganaba como aprendiz en la imprenta no eran suficientes ni para ayudar con su hospedaje en casa de sus primos y por otro lado, como foráneo en la Ciudad Condal, no se sentía plenamente aceptado. Había decidido volverse.

En el trayecto de regreso de Barcelona a Málaga, nada menos que en bicicleta, había ido quemando etapas, kilómetros y  frustraciones, anhelos y esperanzas, para culminar en la encrucijada que lo llevó a encontrarse por casualidad con su padre Rafael en Madrid. Juntos habían hecho el tramo final hasta Málaga, pero ésta vez en tren y el recuerdo quedaría por siempre en la memoria de ambos.

Dejó la bicicleta y subió los escalones. Margarita lo esperaba con la comida en la mesa. Siempre había sido así, toda una vida;  ella había presenciado su bautizo y parecía increíble que no tantos años después fuera a convertirse en la madre de sus hijos y el alma mater que lo ayudara a publicar El Chorro de los Gaitanes – su primer libro. Juntos levantarían su casa en Ciudad Jardín y ella se proclamaría guardiana de su ego-biblioteca: mil quinientos volúmenes editados y de su autoría.

Los días son todos de papel azul bien cortaditos por la misma tijera sobre el agujero inexistente del Cosmos. El empleo en Correos ayuda pero no permite estudiar.

La necesidad de palabras, tinta y papel es una obsesión y toman protagonismo entonces los sobres, el mail art o arte correo y se mezclan así sobres de todas formas y colores con facturas y certificados urgentes de mal agüero.

Las letras y las frases de sus filósofos y escritores admirados le bailan en la mente y recuerda que debe llegar temprano al taller – que sus profesores no perdonan la tardanza. No obstante, se sigue mostrando en desacuerdo con Arquímedes y se niega a aceptarle que se atreviera a conjeturar que los granos de arena del universo (después de contarlos) eran unos 10 elevado a 63,  más o menos. Tal vez, piensa Francisco, en un juicio o en el quinto círculo confesaré un día (a mucha honra) que soy desnuda carne de pueblo extasiado y generoso que lucha contra el látigo y la genuflexión.

De nada valdrán las antologías, homenajes, diccionarios y otras publicaciones colectivas: el siglo XXI – lo sabe – lo encontrará marchando tan solo como un testimonio de su tiempo, con la rabiosa necesidad de obligarse a comprender las monstruosidades que se cometen a diario; más sin perder los cimientos de su sangre, asumiendo hasta las últimas gotas, la tradición humanística y cultural en la que ha vivido.

Ritual,  Didascalia, Ex Verbis, Selva de Seducciones, El Nudo de la Sierpe… No sabía si eran títulos de obras famosas o conjuros secretos. El chico intentaba entender por qué se empecinaban en rondarle sin descanso la cabeza. Se sintió cansado, no podía abrir los ojos pero quería ver dónde estaba y hacia dónde iba. ¡Amigos! Antonio Romero Hierrezuelo, José Soler Guevara, José Jiménez Soria… Escuchaba sus nombres pero no veía sus rostros. La sensación comenzó a hacérsele intolerable y sintió el miedo del que cae en un abismo oscuro, en un agujero en el tiempo.

Por fin pudo abrir los ojos, oía los latidos enloquecidos de su corazón pero tardó en darse cuenta dónde estaba. Poco a poco reconoció uno a uno los objetos encima de la mesa, levantó la vista y vio su ego-biblioteca. Todos sus libros estaban allí. Buscó el reflejo de su cara en la vitrina con el miedo atroz de reconocerse niño.  Pero no fue así. Ahí estaba la barba, ahí las gafas gruesas aún delante de sus ojos cansados. Dudó entre el alivio de sentirse seguro en casa y el miedo de volver a entregarse al sueño y aparecer en algún otro hexámetro. Entonces, no sin humor ni ironía, decidió no darle importancia. Al fin de cuentas y pese a todo, siempre acababa siendo él: fPV.

Hacia la Una

Dibujo de César Reglero Campos

Relato de Myriam M. Mercader

La gaviota, posada en la proa, se mecía junto con la barca, varada en la orilla, al ritmo de la marea.

Tendida sobre la roca más alta, la mujer leía su libro, mientras el niño jugaba con su perro, un poco más lejos, sobre la arena.

-!Ahí va la pelota! !Cógela! !vamos, ya la tienes! Eso es, buen chico. Aquí, dámela…

Los ladridos del perro festejaban su triunfo mientras corría, meneando la cola, al encuentro del niño. La madre levantó la vista del libro y los miró jugar, sonriendo. Jugaban por una orilla cubierta de finas conchas de colores. Iban y venían detrás de la pelota mientras risas, ladridos y gritos se apagaban o hacían más fuertes columpiados por la distancia y la brisa marina. Después de un rato, cansados y acalorados, ambos se acercaron hasta la roca y el niño preguntó:

  • ¿Nos podemos bañar mamá? Tenemos mucho calor…

La mujer buscó el reloj en el bolso y miró la hora.

Está bien, pero sólo un ratito, ya casi son la una, y todavía tengo la comida por preparar. Debemos irnos en seguida.

Bien! Te prometo que salimos en seguida mamá. ! Vamos!- le dijo al perro- y ambos corrieron hacia la orilla.

¡Con cuidado! – aún gritó la madre, antes de volver a la página interrumpida.

Poco después los ladridos histéricos del perro la apartaron una vez más de su lectura. Los buscó con la mirada entre las olas. Los ladridos eran cada vez más seguidos y estridentes. Fue incapaz de ver a su hijo. El perro desde la orilla, no se daba por vencido. El mar decidido a ignorarlo, brillaba orgulloso con su tesoro.  Se detuvo el aire, el movimiento de las olas. La brisa se trocó en silencio. Los brazos de la madre abrazaron el vacío. Sólo el perro ladraba y ladraba, cada vez más fuerte, en medio de aquel silencio desesperante. El sol de la una seguía su ruta en el azul del cielo.

Marcos se revolvió angustiado sin lograr abrir del todo los ojos. Por fin se incorporó de un salto y miró a su alrededor. Rainer le ladraba contento invitándolo a que le lanzara el palo. El sol estaba alto y no había nubes. Tenía la piel ardiendo. Sin lugar a dudas se había dormido. El sueño había sido espantoso y unas garras invisibles le aprisionaban las entrañas. Sintió alivio al mirar hacia el mar, viéndolo lleno de calidez y colorido en su inocente vaivén. Siempre que se sentía hastiado de la incongruencia irritante de la vida, hallaba la paz frente a aquel mar, con el cual se sentía hermanado. Un alivio que fuera solo un sueño. El olor del mar le penetraba los poros y en sus ojos resplandecían destellos escapados de alguna hoguera lejana; destellos que humeaban en medio del ruido del agua. Imaginó un buque, avanzando lentamente por un océano de fantasía. Se deleitó con la ilusión, cerró por un momento los ojos. Cuando los abrió nuevamente, habían pasado unos minutos y se había levantado una ligera brisa. Su rolex marcaba la una. Recogió sus cosas y le silbó a Rainer para que lo siguiera. Caminaba por la orilla y el agua le bañaba los tobillos. Rainer olfateaba de a ratos, a pesar del disgusto de su amo, alguno de esos exquisitos bocados que la resaca suele esconder en su seno. La brisa se iba convirtiendo en un viento casi frío que despeinaba la cabeza de Marcos al tiempo que hacía remolinos con la arena. Un montón de algas secas y papeles viejos remontó el aire, y vino a chocar con las rodillas del hombre. El viento soplaba de frente y un par de papeles se prendieron a sus piernas, abrazándolas. Uno, un trozo de periódico manchado de alquitrán, siguió su vuelo. El otro, arrugado, se empecinaba. Marcos incapaz de resistirse ante los misterios de manuscrito, lo escudriñó. Era lo que quedaba de una hoja de cuaderno amarillenta por el sol y el agua salada. La tinta estaba desleída y un poco corrida, pero aún pudo leer los versos:

 A veces cuando el viento sopla fuerte 
y el mar enfurecido se remueve
regreso hasta ti y me conmueve
tu esfímero aletear, tu frágil suerte. 

De mi mano solías detenerte
a repetir tus años: sólo nueve.
Varada ya tu barca, el mar la mueve
y yo la miro cuando quiero verte.

Aún cuenta de vos esta gaviota
que en verano, justo hacia la una,
te ve corriendo a la pelota.

Debo confesarte hijo que en tu cuna
muy pronto ha de reír otra carota
haz que en ella también juegue la luna.

Un frio seco le recorrió cada punto del cuerpo, y una súbita ingravidez se apoderó progresivamente de Marcos, hasta dejarlo como suspendido, sin puntos de referencia. En un postrer intento por recuperarse, comenzó a leer una vez más el trozo de papel que seguía inquietantemente apresado entre sus dedos.

La gaviota posada en la proa, se mecía junto con la barca, varada en la orilla, al ritmo de la marea.

La Hoguera


Llegaba a la plaza cuando lo vio doblar la esquina, Tomaba la curva inclinado sobre dos ruedas como una mole sonsa e imparable, pero a lo largo de los metros que restaban hasta la parada fue frenando cansadamente hasta que, por fin, le chirrió el alma y se detuvo con un resoplido.

Mientras María ponía el pie en el estribo del ómnibus, le pasaron una tras otras varias imágenes: la cara del guarda, las personas sentadas en el asiento de los “bobos”, algún nene llorando cargoso. No se había equivocado, al subir corroboró que sí iban todos; aunque el nene cargoso en realidad era nena y muy mal educada a juzgar por los gritos que le estaba .profiriendo a su desesperada madre. El guarda estaba como puesto por una mano omnipotente en su trono, con 1a corbata gris torcida los hombros descolocados (o tal vez fuera el corte del traje), los bolsillos deformados bajo el peso de a saber cuántas cosas misteriosas y necesarias.

Mientras le daba el boleto y recibía las monedas, el guarda apenas miró otra cosa que la mano de María, con la cual parecía entenderse perfectamente. Cientos de manos diariamente recibían boletos y se sometían al mandato de esa voz uniforme. Levantó la vista, giró la cabeza a la derecha y mientras tiraba del cable conectado al timbre gritó: ¡Pasando, adelante, pasando¡ No es que hiciera falta, no había nadie en el pasillo ya que el ómnibus estaba vacío y María se ubicó en uno de los asientos de la ventanilla.

Tenía media hora de viaje hasta su casa. Se sabía las paradas de memoria, las gentes, sus conversaciones. Por eso, por lo general, procuraba abstraerse y así el viaje podía convertirse en pretexto de repaso de cosas pasadas y de sueños acerca de otras que pasarían o quizá no lo hicieran nunca, mientras pequeñas luces destellaban en el fondo de su mente. A veces el recorrido le parecía durar tan poco que más de una vez hasta llegó a pasarse la parada correcta y debió desandar el camino hasta su casa a lo largo de la rambla y por delante de la cantera. En estas ocasiones no llegó nunca a arrepentirse pues siempre le resultaba agradable respirar el mar, observar cómo a éste la arena se le iba escapando y cómo luego, empujada por el viento, volvía y volvía…

La cantera, en frente del mar y de la parada, era otra cosa. Había sido un mundo misterioso durante muchos años, historias de personas despeñadas desde sus altas rocas, el arte de la pesca de mojarras con un frasco vacío de dulce de leche, un piolín y un trozo de pan como todo cebo, hasta un rincón secreto donde ir a leer un libro. Después habían pasado los años y la cantera se había convertido en parte del paisaje, algo que se había integrado tanto a la realidad cotidiana que pasaba desapercibida, hasta el día aquel en que vio a Michael Craig por primera vez.

El ómnibus había arrancado y ya vibraba, eterno agonizante de algún ignoto mal. Miro a través de la ventanilla: caían las primeras gotas. Había estado amenazando lluvia toda la tarde y finalmente llovía, se mojaría hasta los huesos cuando bajase en la rambla. La ventanilla estaba abierta y con las gotas de lluvia empezaba también a colarse ese olor tan típico del asfalto mojado, mezclado con el otro a salitre y pescado. Michael  despedía ese olor y ahora que lo pensaba resultaba extraño pues los fantasmas no deberían oler a nada y menos aún los ataviados con el uniforme de oficial inglés de la marina de Su Majestad el rey .Jorge III.

-Vieja, te dije que se iba a largar a llover, pero vos siempre la misma terca.-  llegó a oírle decir al vecino de dos asientos más adelante antes de que se volviera a repetir todo el proceso de frenado, chirridos y resoplidos cuando llegaron a la parada siguiente.

Abajo, en la esquina, se despedía una pareja. Ella subió mientras él corría calle abajo y entraba en un zaguán, unas puertas más allá. Seguían detenidos y no pudieron arrancar hasta que la señora que luchaba por subir sin decidirse a soltar el bolso ni el paraguas, abierto por supuesto, que llevaba junto con otro buen número de objetos de difícil determinación, atinara a algo. Le costó decidirse, pero finalmente optó por dejar parte de su cargamento en la plataforma del bus y con una mano libre se prendió de donde pudo y tiró de sus noventa y tantos quilos.

-Así que ahora te mandan a ti –  le había dicho Michael aquel primer día. Estaba parado a pocos metros del molino. Tenía el uniforme desgarrado por el hombro y las botas embarradas, el pelo alborotado y la mirada profunda, nerviosa, con la expresión del que acaba de salir vivo de un naufragio. Olía a mar, a escamas, a gaviotas. -Ya tuve bastante de ellos, de sus pares y de los míos- siguió diciendo -el tiempo se me hace eterno, no acaban los días, mi viaje, como el mar, no se agota. El viento sigue pasando solo, sin velas, sin palos, cofas o vergas.  Sigo buscando mi fragata pero no la veo. A veces creo que ya nunca la encontraré. Tú debes saber que yo sólo fui un instrumento, todos los somos, y yo no estuve en El Cardal, menos aún abriendo la Brecha. No merezco este castigo.

Después no había esperado contestación y se habla marchado desapareciendo por la esquina del caserón del molino. María no habla entendido aquella primera vez su angustia. No supo quién era, ni siquiera su nombre hasta días más tarde. Sin embargo, sus palabras habían seguido retumbando, insistentemente en su interior, y durante toda aquella semana recobraron dimensiones insospechadas en cualquier momento, como si de una visión mágica se tratara.

Dejaban atrás la avenida y doblaban a la izquierda entrando en la rambla. El mar estaba encrespado, marrón, revuelto, se habla tragado casi toda la playa y las papeleras que la apuñalaban aquí y allá, parecían a punto de sucumbir al viento, inclinadas ya, abandonando su contenido en la arena. Verdaderamente una tormenta anacrónica para aquel final de diciembre.  No existe nada más cercano al absoluto en el mundo físico que el mar, pensó María, y sin embargo, también él sufre avatares hasta llegar a ser testigo mudo, inerme ante el destino. El ómnibus arrancó una vez más, ajeno al mar, ajeno al tiempo, fiel sólo a su recorrido de boomerang interminable.

María sintió que alguien se sentaba a su lado, y al girar la cabeza vio que el viejo Maiztegui se acomodaba en el asiento, quejándose de su eterno dolor de piernas como toda forma de saludo.

-Uno ya no debería salir de casa con este tiempo, qué digo con este tiempo, con estos años.

-Buenas tardes don Maiztegui, cuénteme cómo le está yendo el negocio y olvídese de esos dolores que hasta a los más jóvenes nos atacan. Muchas veces tan sólo con la fuerza de voluntad no podemos superar los problemas..

-Si, es verdad, y eso confirma nuestra naturaleza, lo que mora en la profundidad de 1a gente.- dijo el viejo serio y dio la incipiente conversación por terminada.

María lo conocía y no lo forzó a hablar. El viejo era pescador vasco venido no se sabía cuándo de un puerto cantábrico. Tenía la piel de los cetáceos y los ojos de las aves de rapiña, pero todo él estaba impregnado de una extraña ternura. Solía pasar el tiempo en su chalupa cuando el mar le era propicio y cuando no, allá abajo en la Playa de los Ingleses donde tenía su casa y donde gastaba hora tras hora arreglando alguna red, tal vez pensando mucho, pero indudablemente hablando poco, muy poco. En su casa sólo tenía un catre, una mesa, una silla, un prímus, alguna cacerola y un almanaque colgado en la pared con una sola hoja y la figura del Prócer. El año no se alcanzaba a leer, el mes era agosto, el día dos estaba ligeramente más oscuro, como marcado, pero María no había logrado que las fechas y los días de las semanas de este mes de agosto coincidieran con  los agostos que recordaba haber pasado en compañía de Maiztegui. El almanaque estaba tan sólo allí como orgullosa muestra de otros tiempos o tan sólo como prueba fehaciente de que el tiempo realmente existía y que era algo medido por los hombres.

Días más tarde de su primer encuentro con Michael Craig, María había bajado  hasta la casita de Maiztegui y le había preguntado:

-¿Sabe Ud. si hay algún personaje nuevo rondando el museo del Molino de Pérez?

-¿Por qué lo preguntas? No sabía que siguieras yendo a la cantera todavía.

-En realidad no es que vaya muy seguido, pero el otro día me encontré con un desconocido. El hombre iba vestido con un viejo uniforme, desgarrado diría yo, y parecía fuera de sí, dijo una serie de cosas extrañas. No sabría cómo explicarlas, pero llegó a asustarme un poco.

-Tal vez fuera mejor que no te acercaras por ahí María. Te gusta andar sola. Lo peor siempre vas distraída en tus sueños y sabes que las canteras son peligrosas y que algunas personas han muerto por confiarse en la trepada.

-Ya lo sé, pero yo la conozco mejor que nadie, no debe Ud. preocuparse, sólo quería saber si tenemos algún nuevo vecino.

-Si existe tal vecino, déjalo que se dé a conocer por si mismo. Los nuevos vecinos, como los desterrados, somos gente melancólica, la mayoría de las veces nos queda menos que dar, la mejor parte de nosotros está en otro sitio, Allá en el lugar de donde procedemos. ¿Sabes lo que es una estrella de mar?

-Claro, una estrella de mar es un animal, vive en los océanos.

-S[, eso es. Bueno, si le cortas todos los brazos menos uno, la estrella es capaz de reconstruir a partir de ése los que le has amputado. A veces las personas también logramos milagros semejantes, esa es la grandeza de la naturaleza. Pero, a diferencia de la estrella marina, el hombre nunca deja de añorar aquellos primeros miembros. En algún 1ado, desafiando las leyes físicas, le han dejado un gran vacío ocupado por algo que algunos hasta dicen poder ver con unas máquinas especiales. Cosa de espectros y luces males parece.

Había sido una de las pocas veces en que el viejo se había mostrado comunicativo, casi vulnerable. Hoy, por el contrario, Maiztegui estaba callado, y María sospechaba que el motivo no era tan sólo el dolor de huesos. El siempre se encontraba huraño cuando había tormenta, cuando el mar crecía y lo cubría todo. Alguna vez que había cuadrado en días como el de hoy, le había contado historias de mares y marineros medio míticas medio reales, pero muy pocas veces lo había visto alegre en días de tormenta.

Se habían bajado muchas de las personas que iban en el ómnibus y sólo quedaban ellos dos y la pareja de viejos dos asientos más adelante. María los había oído discutir los últimos minutos pero ahora ya estaban callados, cada uno entregado a sus pensamientos, como ella misma y el viejo. Miró hacia afuera y le sorprendió la serenidad repentina del mar. Empezaba a atardecer y, mirando el mar, María se imaginó el sol bajo, tras la espesa capa de nubes negras. Las nubes de menos altura se habían convertido en una bruma quieta, había parado de llover.

La segunda vez que María vio a Michael, también acababa de llover pero un sol espléndido comenzaba a evaporar la humedad de la tierra. Era la hora de la siesta. De todos los momentos del día, éste, el de la siesta, era el que lograba en ella el mayor estado de libertad, de una libertad visceral. Le producía un sentimiento particularísimo mediante el cual los caminos pasados y futuros se entremezclan y no tienen límites y lejos de preocuparle las cosas inmediatas, entraba en una dimensión diferente, en la encrucijada de espacio y tiempo en la “Cual simplemente se es infinito y eterno. Michael encajaba perfectamente en esta encrucijada por eso más tarde no se extrañaría de volver a encontrarlo. Había continuado por el sendero y cuando llegó al borde del terraplén divisó a lo lejos la cantera y el lago que en ella construyeran cuando se decidió declarar la zona patrimonio histórico-turístico y objeto de museo. Un poco más lejos se podía ver el viejo caserón con el molino cuyo canal estaba interrumpido aquí y allá por grandes compuertas de madera enmohecida por el tiempo, pero que hacían adivinar otros remotos y prósperos en los cuales el agua debía correr o detenerse atendiendo a la inquebrantable voluntad de aquellas maderas. El molino se erguía arrogante y retador al tiempo, entre sus aspas quebradas, María sabía que guardaba innumerables secretos, al igual que las grandes rocas al fondo del lago que habrían estado siempre en los anos felices y en los tristes, que seguirían estando…

Había permanecido como estaqueada, intimidada por el paisaje y luchaba por salirse del ensueño en el que el fuerte sol de diciembre la sumergía cuando alguien la tocó en el hombro sobresaltándola. Se había dado la vuelta y lo había visto en su uniforme rojo y azul con el par de ojos más angustiados que pudieran existir.

-Sigo esperando mi fragata, le había dicho, me llamo Craig, Mlchael Cralg. Diles que necesito ayuda para volver. Un día, cuando el mar este sereno la veré pasar cerca de la playa. Auchmuty volverá con su nave, y entonces deberé estar ahí. Construiré una hoguera para que me vean. Una enorme hoguera cuya luz ilumine estas tinieblas en las que las víctimas de las invasiones, nosotros, los peones invasores nos encontramos. Entre la gloria prometida y la Justicia, hoy sé, están las tinieblas. Si de ellas me escapo y logro volver a casa, les gritaré a los míos que no debe volver a ocurrir. Por eso ayúdame y enciéndeme tú esa hoguera. Diciendo esto había quedado en el aire, sonido y eco, figura y sombra.

Había mucha bruma pero también humo. Un fuerte olor invadía todo el ómnibus, olor a muerte, a lo que queman en los cementerios. Estaban pasando muy cerca de uno. Este quedaba en una altura y desde su promontorio bordeado de cipreses, alguien .seguramente estaría viendo tal vez indiferente, el mar, la rambla de Buceo, el ómnibus al pasar, su constante ir y venir, el destino.

Ahora sólo quedaban el chofer, el guarda, Maiztegui y María. Ellos dos también se bajarían pronto. De repente está todo muy tranquilo, qué habrá sido de la tormenta, comentó María.

-Una serenidad engañosa como la del ojo del huracán. En los días como hoy, el mar trae sus secretos a la playa, los deja junto con la resaca, solían decir en mi pueblo. Tienen razón.

La voz de Maiztegui se disipó en un susurro y entornando los ojos quedó absorto en la contemplación de aquel pasado que seguramente ahora rememoraba. María también recordó su secreto, y supuso que la hoguera de Michael estaría a punto. Hoy era un buen día, tal vez el día, y cuando llegara el momento debería estar preparada. Le había tocado acceder a un destino paralelo al suyo, en sus manos estaba la posibilidad de alterarlo, pero era difícil decidir qué era lo justo. Difícil administración la de la justicia, tradicionalmente adjudicada en patrimonio a religiones e instituciones y no a los hombres en particular. Pero era hora de que esos planteamientos cambiaran y ahora ella tenía la oportunidad de la ejecución. Recordó a Michael juntando maderos para su hoguera, lo había estado haciendo durante muchos días. No habían hablado más, es decir, Michael no le había dirigido más la palabra. Ella no lo había hecho nunca, no había sido necesario. ¿Cuándo había satisfecho su curiosidad con respecto a Michael?

Parecían haber pasado mil años y habían sido sólo unos días. Había recordado los hechos y los había confirmado. EI libro de historia, Auchmuty, el desembarco invasor el dos de agosto de 1806 y más tarde en febrero la Brecha, hasta el lugar coincidía: la  Playa de los Ingleses. No le había hecho falta más, supo que Michael había esperado todos esos años para volver y ahora le pedía a ella ayuda. Había sido un instrumento, le había dicho. ¿Pero hasta qué punto los instrumentos pueden ser inocentes?

Ya estaban en la parada de su casa, el guarda contaba las monedas y hacía paquetitos de diferentes tamaños con habilidosas manos, bajo su gran nuez. Le gustaría verle los ojos, la expresión. ¿Qué pensaría?  ¿Sentiría rabia, hastío? Le resultaba difícil creerlo. Ella sí se sentía cansada, hastiada. El viejo se levantaba con dificultad.

-Vamos María, a qué esperas; siempre en la luna.

-Ah! si ya estamos, de nuevo me pasaba.

Bajaron por la puerta delantera al lado del chofer. María lo miró pero tenia la vista fija en el frente. Antes de bajar y mientras esperaba que lo hiciera el viejo, intentó una vez más adivinarle la expresión al guarda, a ese hombre sin rostro. Pero allá en el fondo del ómnibus, sólo vio un bulto gris inclinado sobre las monedas tras dos largas hileras de asientos vacíos. Ya abajo Maiztegui la saludó sin volver la cabeza y siguió su camino musitando algo sobre las tormentas y la calma, playa abajo hasta su casa. María se quedó mirándolo desaparecer con su paso lento entre la bruma. Entonces lo vio, lo vio a él y a su hoguera aún apagada. Estaba justo en el camino del viejo. Pero éste no se detuvo, siguió con su andar enfermo hasta que le caminó a través y se perdió definitivamente en la niebla.

María continuó como paralizada observando a Michael y a su montón de madera. Tenía la vista perdida en el horizonte y no hacía el menor movimiento. Estaba todo muy calmo, el mar invadía los sentidos y reinaba un extraño silencio. A no ser por el sonido del motor del ómnibus que permanecía ahí, por alguna razón parado. María finalmente se decidió, era verdad que ese daño ya estaba hecho, pero había otros horrores de guerras vigentes que no debían quedar impunes. Se dio la vuelta, pasó por delante del ómnibus, cruzó la rambla  y se encaminó a su casa.

Allá en el mar, entre la bruma, se hubieran podido distinguir unas velas blancas que pasaron flotando en medio del silencio, en un tiempo de otros. Pero no quedaba nadie para verlas. Maiztegui ya estaría encendiendo el primus, María en ese momento abría la puerta de su casa y se metía dentro. Una gaviota cortó, por un instante, la bruma con su súbito vuelo, el ómnibus tembló y partió.

Myriam Mercader / Masnou 1984.

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Nota: 

El texto que sigue apareció en la Revista del Sur nº3 de 1984 junto con el presente relato .

El cuento que presentamos fue escrito por Myriam Mercader, una joven narradora uruguaya (1953), y poeta, pues resulta difícil entender – si no es mediante la poesía – el sabio contrapunto de La Hoguera, la magnífica aparición de ese triste fantasma que mora allá en el sur.

El tema de la ausencia no es nuevo en la literatura uruguaya contemporánea y se hace presente con especial fuerza después de la instalación de los militares en el poder. En la narrativa ha habido estupendos ejemplos, desde La canción de nosotros, novela en la cual la ausencia es poesía y el regreso acción, pasando por Primavera con una esquina rota, y llegando a este breve y deslumbrante cuento: La Hoguera.

Michael Craig ha de regresar algún día. Quizás no. La ausencia extiende puntos suspensivos en un horizonte sin tiempos. Sin embargo, no es sólo ella que devasta a esa alma errante; cargada de otras angustias se asfixia en tinieblas de arrepentimiento y fracaso. Aquí la ausencia se nutre de otros valores, que la autora maneja, alterando así el sentimiento reminiscente y nostálgico con otros niveles de densidad no menos dramáticos que asumen a Michael como símbolo. Su conflicto, transmitido por un hálito de soledad y congoja, se incorpora y despierta interrogantes, vacilaciones: pero otros fantasmas vigentes, despojados de compasión y dudas, liberarán a María, de un paralelismo en el que se identifica, para sumarse – también en ausencia – a un silencio ejecutor que no concede hogueras.

La autora corresponde destacarlo, en momentos en que esta edición entra en máquinas es galardonada con el Premio Platero del Club del Libro en Español que otorga la O.N.U. y que le será entregado en Ginebra por su cuento El Condenado. 

Tal reconocimiento a los méritos literarios de esta joven escritora nos llena de satisfacción y sumamos a la decisión nuestra más viva congratulación.